Blog de Ciencia y Música

Rozando el larguero

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La primera vez fue un sarpullido. Fui al hospital porque pensaba que era una reacción alérgica algo más grave de lo normal. Me dijeron que nada, que era algo autoinmune muy ligado al estrés. Fue al poco de montar la empresa. Todavía trabajaba en el laboratorio 8 horas, echaba otras 8 horas en arrancar Scienseed, e intentaba dormir otras 8 horas.

La segunda vez ya estábamos en una oficina y fue como si me pisaran el pecho con una bota militar. Me faltaba el aire y si me relajaba me sorprendían unos pequeños eructos y una sensación preciosa de volver a respirar de nuevo. No fue ni de coña un día, fue más bien una temporada larga; pero quizá esta fase fue la más normal, la de síntomas más conocidos por todo el mundo y, por tanto, la más sencilla de asimilar. Trabajaba todo el día y dormía 8 horas los días buenos. Los fines de semana no existían.

La tercera vez ya seríamos 4 en la oficina y tocó visita al dermatólogo, tenía unas ronchas en las manos que terminaban en heridas que me sangraban. También me dijo el médico que podría ser el estrés y, bueno, qué le íbamos a hacer. En ese momento por unos análisis de sangre algo raros me hicieron un electrocardiograma y todo normal, a casa. ¿Quieres ansiolíticos por si acaso? No gracias. Hago algo de deporte y las tilas ayudan.

La cuarta vez terminé en urgencias. Ya éramos 6 personas en la oficina. Llevaba un mes sin aparecer por casa de charla en charla y de proyecto en proyecto. Llegué a Madrid dos días antes de que se casara mi única hermana. 12 horas antes de su boda yo estaba en urgencias, sentado en un sofá con una vía y atiborrado a calmantes. Todo quedó en un susto que cuadraba con unas piedras en la vesícula que todavía no ha encontrado nadie. Ya es casualidad haber conocido a otras dos personas estresadas en congresos que también entraron por la puerta grande de urgencias con el mismo cuadro y piedras fantasma. Parece que es el estrés retorciéndote las tripas hasta que le pides a una enfermera que te doble la dosis de calmantes. A las 11 de la noche, el día de antes de la boda de tu hermana. Y vuelta al ¿quieres ansiolíticos? No gracias. Hago algo de deporte y las tilas ayudan. A veces.

La quinta ha sido difusa y ha tenido un pico claro en una ciudad de Inglaterra. 6 horas de taquicardias, de 1 a 7 de la mañana, en mitad de unas reuniones de trabajo. Y ahí ya sí que pensé que, sin duda, me quedaba tieso. Y me he asustado de verdad. Y mira que no ha sido el peor mes ni de lejos, pero ya pesan los años de tute.

10 personas era el objetivo, y ya creo que con 9 voy a redondear la cifra y bajar el ritmo a algo más sano, y menos mal, porque llevo tres meses pensando que me podía romper cualquier día. Tras casi 4 años de 9 a 21. Todos los días. Todas las semanas. 3 años de despojo en comidas familiares. De ojeras. De pocas ganas de hacer nada. 3 años de dolores random de los que os cuento un puñado porque si os los cuento todos podríamos estar aquí demasiado rato.

Y… ¿por qué? Ni idea. Una mezcla de necesidad de que funcione, de responsabilidad, de autoexigencia, de compromiso. De miedo.

Gastando una hora de gimnasio y dos tilas diarias para dormir porque no quiero ansiolíticos, coño. Pero tampoco reconocer que se me va de las manos. Que no puedo vigilar todo. Que no puedo decir que si siempre. 

Y estoy orgullosísimo del trabajo de estos años. Del equipo que somos, del trabajo que sale, pero eso ya es estable. Por eso ayer salí a las 18:16 de la tarde. Y voy a intentar salir a esta hora toda la semana. Por muy culpable que me sienta. Porque, lamentablemente, la tarde de ayer me supo a culpa y a miedo publicar esto por si a alguien corto de miras le parece, de repente, peor la empresa que tanto intentamos cuidar.

Y si escribo esto es porque no puedo más que aportar mi granito de arena como ha hecho Eva Belmonte en este artículo. Tenemos que contar lo que hay al otro lado de la famosa zona de confort, que es ni más ni menos que todo este sinsentido. Porque creo que al decir que “los inicios son duros”, que si ¿mucho trabajo? ¡que no falte! y tonterías similares escondemos muchas cosas malas que siempre callamos.

Y deberían saberse.

Sobre el autor

Lucas Sánchez

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Lucas Sánchez (1983)

Nací en Valencia y estudié Bioquímica en la Universidad Autónoma de Madrid. Investigué durante casi 10 años en el Centro Nacional de Biotecnología en el diseño de vacunas para enfermedades prevalentes en el tercer mundo. Durante todos aquellos años tonteé todo lo que pude con el periodismo y la divulgación científica, escribiendo para Público, Materia, Naukas y más recientemente para El País y Radio Nacional de España. Finalmente decidí montar mi propia agencia de comunicación científica: Scienseed.

Fuera del ámbito científico fui guitarrista de los Leftover Lights, banda con la que edité dos discos de estudio “Turning the lights on” (2012) y “Universe” (2014). He escrito una novela que se llama “Impostores” (2012) y, desde entonces, siempre está a puntito de salir la segunda.