Blog de Ciencia y Música

Limitadores y publicidad

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La cabra siempre tira para el monte, y la verdad es que hacía mucho que no escribía ninguna entrada relacionada con la música o el sonido.

He reservado la ocasión porque lo que os voy a contar es una curiosidad digna de cualquier conversación de pincho de tortilla a media mañana.

Todos hemos sufrido durante años la molestia de ver una película en la tele y, de repente, sufrir una subida desorbitada de volumen con los anuncios. Y digo parecía, porque no sube en volumen, lo que aumentan son otras cosas.

Los limitadores son procesadores de dinámica, que hacen que, a partir de una determinada señal, todo suene a un volumen fijo. Por ejemplo, si fijamos un limitador a X decibelios (dB) algo de nuestro spot publicitario suena a X-10 o X-20, el procesador subirá al valor de referencia: XdB.

Las televisiones tienen un límite de volumen, que no pueden subir. En publicidad también tienen un límite, pero lo sitúan en ése valor máximo. Pierden mucho en matices de sonido, porque no pueden moverse mucho de ese rango, pero ganan en que te vas a mear, o a por una cervecita, y sigues escuchando qué comprar y dónde hacerlo…

¿Os habéis fijado que siempre se nota más en publicidad de películas que de programas? Pues eso es debido a que las películas buscan una máxima variación de sonido: que en la escena íntima el volumen sea mínimo, y que en momentos de acción sea más elevado.

La publicidad entra al mismo volumen, pero fijo con un LIMITADOR al máximo. Si justo en la película estallara una bomba a medio metro del protagonista y pasaran a publicidad no lo notaríamos tanto. Pero normalmente te pilla en un momento intermedio de la película y claro, se nota la diferencia, porque la publicidad entra en volumen bomba siempre.

Así que nada, ya no os imaginéis al perverso programador subiendo el potenciómetro de volumen en la publicidad, porque no existe. Pensad en el cabroncete que dijo, ¿qué tal si ponemos un limitador para que suene al máximo de volumen todo el rato?

Sobre el autor

Lucas Sánchez

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  • De nadas…algo tenía que contar de todo lo que estoy aprendiendo en el curso de protools que me tiene liadíiiiiisimo…

    Saludos ¡¡¡ 😉

  • Por fin, un mito desterrado sobre la tele. No tenía ni idea, y eso que me encanta saber sobre los entresijos de la televisión.
    Ahora falta convencer a la gente de que aunque se pongan de acuerdo en no ver un programa para protestar y que baje la audiencia no lo van a conseguir porque sólo las 4.000 personas en España que tienen el audímetro “controlan” esas cosas xD

  • “no lo van a conseguir porque sólo las 4.000 personas en España que tienen el audímetro “controlan” esas cosas xD”

    ¿¿¿sólo 4.000??? pues vaya muestra más representativa de la sociedad xDD

  • Pues sí, Maduixa. A ver si ahora con la televisión más interactiva que tenemos podemos encontrar métodos más fiables para medir las audiencias. Por que aquí no se tiene en cuenta si dejas grabando un programa y lo ves luego, por ejemplo. En USA (cómo no) lo tienen bastante controlado, con datos de audiencia al minuto, por lo que pueden variar la programación instantáneamente según como responda el público (bueno, eso leí).

    Aquí además de los pocos audímetros que hay, están mal distribuidos, sin una proporción definida entre comunidades, clases… Hace poco leí una entrevista a una mujer catalana que tenía el dichoso cacharrito. Confesó que su hija trabajaba en TV3 y que por eso tenía preferencia por ese canal, que a veces olvidaba registrar las personas que había viendo un determinado canal… Vamos, no son muy de fiar las audiencias oficiales.

  • Juer solo 4000 personas que pasada….¿Tan caros son los cacharros?¿tan poco importan las preferencias del personal?

    Yo creo que si lo tuviera, poca información iban a sacar 😀

  • No tenía ni idea de ese dato, y me parece curiosísimo. Hay determinados anuncios que siempre suenan más altos que otros, independientemente de si lo previo era una peli en susurros, o el anuncio del último tambor de Playmobil. Será que ponen el limitador a “tutiplen”.
    Conmigo consiguen el efecto contrario, a esos cabroncetes que me chillan al oido lo que hago es no comprarles. Sé que el que yo no les compre no va a marcar la diferencia entre marcar su año de mayor bonanza o su quiebra, no se trata de eso, se trata de no dar pasta a quien me molesta en la intimidad del salón de mi casa. Si me viniera un vendedor a meterme sistemáticamente el dedo en el ojo, no le compraría por muy bueno o barato que sea su producto. Es una cuestión de respeto y de “me estás tocando los cojones”. Pues a estos que se cuelan en mi casa a chillarme e infartarme, menos todavía!!! No quiero contribuir a pagar su siguiente anuncio.

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Lucas Sánchez (1983)

Nací en Valencia y estudié Bioquímica en la Universidad Autónoma de Madrid. Investigué durante casi 10 años en el Centro Nacional de Biotecnología en el diseño de vacunas para enfermedades prevalentes en el tercer mundo. Durante todos aquellos años tonteé todo lo que pude con el periodismo y la divulgación científica, escribiendo para Público, Materia, Naukas y más recientemente para El País y Radio Nacional de España. Finalmente decidí montar mi propia agencia de comunicación científica: Scienseed.

Fuera del ámbito científico fui guitarrista de los Leftover Lights, banda con la que edité dos discos de estudio “Turning the lights on” (2012) y “Universe” (2014). He escrito una novela que se llama “Impostores” (2012) y, desde entonces, siempre está a puntito de salir la segunda.