Blog de Ciencia y Música

Una bonita historia de Bioseguridad

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Echas la silla hacia atrás mientras que abres el cajón para sacar tu tarjeta del animalario. Te levantas, coges un par de guantes extra-largos de nitrilo morados y recorres el pasillo hasta el cuarto de cultivos. Pasas la primera exclusa, te pones la bata verde, esperas a que se cierre y ya puedes abrir la siguiente.

Entonces vas al incubador y sacas las leishmanias que tienes que inyectar hoy. Ellas están creciendo aisladas del mundo, en una botella de plástico antiadherente, pensando que están en un mosquito. Y es que están flotando en medio de saliva de mosquito a la temperatura a la que está un mosquito. Lo difícil para ellas sería pensar que están en el cuarto de cultivos de bioseguridad dos, en un laboratorio de un centro de investigación, esperando a que te levantes, te tomes tu café y vayas a molestarlas.

Después de engañarlas para que piensen que están en un mosquito viene la fase de engañarlas para que pasen por la jeringuilla para la picadura. Eso significa sacarlas de su aislamiento de 25cm2 de plástico para meterlas en su nuevo aislamiento de 50ml de plástico, en un complejo circuito cerrado de aire que aisla del resto de la habitación cada tubo abierto. Luego el juego consiste en tratarlas con diversos compuestos que las limpian y purifican, para prepararlas para la infección.

Durante el complejo proceso compruebas cada 5 minutos que ninguno de los dos guantes que rodean tus manos se han perforado. Los lavas con alcohol regularmente y también vigilas no salpicarlos ni salpicarte la parte de piel que ni los guantes ni la bata cubre. Tras unas 3 horas de entretenimiento conjunto y tras contarlas varias veces en el microscopio, ves que tienes suficientes y te bajas a inyectarlas.

Para eso pasas de nuevo las dos puertas dejando la bata verde por el camino. Cambias de guantes. Coges el ascensor «sucio», planta -1, y pasas la puerta naranja que avisa que entras en una nueva zona de bioseguridad. Ahora te quitas la ropa y te pones mono cerrado de arriba a abajo y tan apretado que deja poco a la imaginación. Calzas, doble guante, mascarilla, gorro. Botón y acceso a inoculados, la zona donde se pinchan cosas.

Buscas la nueva cabina de aislamiento, la enciendes, dejas que ruja, que pite, y que por fin sólo deje un molesto ruido de fondo que junto con el estrés te dejará un precioso dolor de cabeza made in inoculados. Coges un carrito de metal y vas a por las jaulas de animales, que se hospedan en distintas celdas del Hotel Grand Resort Inoculados.

Luego los anestesias por parejas para evitarles cualquier tipo de trauma o sufrimiento y los metes en la cabina para inyectarles las leishmanias y ver si la vacuna que estás ensayando funciona. Para ver si una cura para el tercer mundo está más cerca. Para ver si vuestros perros dejarán de sufrir pronto.

Es entonces cuando después de pinchar 4 animales uno se despierta mientras que lo pinchas. Y del reflejo da una patada en la pata que intentabas pincharle. Y entonces una mezcla de sensación de frío y de dolor invade el pulgar que tras dos capas de guantes sujetaba la pata de tu raton. Es la aguja, que sin pata de por medio, ha encontrado tu dedo pulgar como mejor opción para dejar una dosis de leishmanias limpias y purificadas. Te levantas corriendo a la pila, y te sangras la herida, y te echas, jabón, virkon, lejía, alcohol. TODO acompañado de mierda, mierda, mierda…la única palabra que sale de tu boca.

O no.

O no, porque decidiste que doble guante no era suficiente. Y entre el primer guante de nitrilo y el segundo de látex había un precioso dedal que dejó tu madre en casa una vez «por si necesitabas zurcirte algo» o por si las leishmanias. Entonces lo único que harás será quitarte el guante perforado, limpiar el dedal con jabón, virkon, lejía, alcohol…y ponerte otro guante de látex nuevo.

Y así subes de nuevo al laboratorio a pasar datos delante del ordenador. Y le explicas a la gente que si no hubiera existido el «o no» ahora mismo estarías infectado con una enfermedad crónica de por vida. Con un tratamiento tóxico donde los haya. Y con la ardua tarea de explicarle al médico de guardia lo que te ha pasado, que dista mucho de ser una infección normal, con una dosis normal.

Y acabas de escribir esto pensando si merece la pena el riesgo, por el tercer mundo, o por vuestros perros.

Sobre el autor

Lucas Sánchez

comentarios

  • Jodó, ten por seguro que yo estaría infectado pq lo del dedal no se me hubiera ni ocurrido, de buena te has librado. Ánimo y muy bien recordar que no vivimos en una situación muy tercermundistas. ¿Pluses, para qué? Tengo un amigo que se levanta más de 1.500 lerdos al mes por trabajar con sulfúrico en una fábrica (Ollas de 50 kg, ojo, no una tontería) Nosotros trabajamos con 40.000 sustancias más, tb cancerígenas, radiactividades, animals, virus, bacterias… ¬_¬

  • Macho, tu madre es dios.

    Hace poco una amiga que trabaja con HIV me contó que su técnico tuvo una cadena de pequeños desastres que acabaron con una punta probablemente infectada de HIV en su lagrimal. Le metieron triple terapia a machete y casi no podía ni moverse. Tuvo suerte que al final no llegó a infectarse.

  • Por el amor de Darwin, qué suspense… si Hitchcock viviera se sacabaun peliculón a partir de este post.

    Podríamos hacer una especie de «meme» de esos, cada uno escribiendo sobre una situación peligrosa… me pido radiactividad, que de esas tengo a capazos!

    Buen post, buena anécdota, pero ten cuidado con esas sabandijas!!

  • En estos momentos es cuando me alegro de ser un cobarde especialista en plantas.
    Y es que tienes razón. Un laboratorio, sea de patógenos o no, es un lugar intrínsecamente peligroso. Ya seamos químicos o biólogos de cualquier rama, nuestros laboratorios están llenos de material inflamable, comburentes, explosivos, corrosivos (ácidos o bases), neurotóxicos, carcinógenos, mutágenos, radiactivos, jeringuillas, gases, cuchillas, láseres, ultravioletas y un sinfín de cosas que de puertas afuera pondrían los pelos de punta y que sin embargo nosotros manejamos tranquilamente, sin pluses de peligrosidad, sin cursos de manejo y, en muchos casos, sin seguro de accidentes.
    Cada uno tenemos nuestras motivaciones, pero no dejo de entrever cierto masoquismo en todos los que nos dedicamos a la ciencia.

  • Qué ganas me entran de llegar a Madrid…
    Yo iba camino de ser una especialista en plantas, pero después me di cuenta de que lo mío eran los virus y bacterias. Aquí (Santiago) es casi imposible cumplir ciertos mínimos en seguridad. Cada vez que pretendo algo me dicen el «si total ese virus es bacteriófago y a ti no te hace nada»… y yo sigo intentando explicárselo… un día de éstos voy a hacer que se beban un inóculo, a ver qué opinan sus E.coli 🙂
    Está bien saber que hay gente por ahí que sí tiene cuidado, si no nunca tendríamos vacunas 🙂

  • Pffffffff cómo me suena, sólo que lo mío eran priones… No hay derecho, es una vergüenza… para mí, ni siquiera una tesis merece que nos dejemos la vida por gente que no es que no paguen pluses por peligrosidad, sino que no son capaces de gastarse el dinero en guantes anticortes… o más barato aún, no exigir que se inoculen jaulas y jaulas de ratones en un día para que el cansancio no juegue en nuestra contra y se ponga en riesgo nuestra salud y nuestro futuro.

  • Esta historia aumenta mi admiración y respeto por las personas que investigan y sobretodo si se investiga en las condiciones en las que os toca hacerlo.

    «Y acabas de escribir esto pensando si merece la pena el riesgo».

    No estoy en el lugar idóneo para decir si merece la pena o no el riesgo, los toros se ven muy bien desde la barrera. Tan sólo puedo puedo daros las gracias por vuestro trabajo. 😉

  • Una chica de mi instituto estaba trabajando tarde en el labo (como casi todos…) y se inyectó accidentalmente células cancerígenas de primate en la mano.
    Te puedes imaginar cómo se le puso el tumor que le empezó a crecer… Y encima le dijeron que era culpa suya por trabajar en cultivos cuando no había nadie más en el laboratorio. 🙁

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Lucas Sánchez (1983)

Nací en Valencia y estudié Bioquímica en la Universidad Autónoma de Madrid. Investigué durante casi 10 años en el Centro Nacional de Biotecnología en el diseño de vacunas para enfermedades prevalentes en el tercer mundo. Durante todos aquellos años tonteé todo lo que pude con el periodismo y la divulgación científica, escribiendo para Público, Materia, Naukas y más recientemente para El País y Radio Nacional de España. Finalmente decidí montar mi propia agencia de comunicación científica: Scienseed.

Fuera del ámbito científico fui guitarrista de los Leftover Lights, banda con la que edité dos discos de estudio “Turning the lights on” (2012) y “Universe” (2014). He escrito una novela que se llama “Impostores” (2012) y, desde entonces, siempre está a puntito de salir la segunda.